Oración con lágrimas del martes por la noche

¡Ay de mí! ¡Qué condena me amenaza, en qué vergüenza me encuentro sumergido! Mi interior no es semejante a mi apariencia exterior. Hablo sobre la pureza, pero día y noche pienso en pasiones impuras. Comienzo a hablar sobre la castidad, y secretamente me entrego al desenfreno. ¡Ay, qué juicio me espera! Verdaderamente, llevo la apariencia de piedad, pero carezco de su fuerza. ¿Con qué rostro me presentaré ante Dios, que conoce los secretos de mi corazón, siendo culpable de tantas obras perversas? Al estar en oración temo que baje fuego del cielo y me consuma, como sucedió con aquellos que ofrecían incienso en el desierto. ¿Qué puedo esperar, cargando tan pesado peso de pecados? Mi corazón se consume, mis buenos pensamientos se han corrompido, mi mente está oscurecida. "Como perro vuelvo a mi vómito" (Pr. 26:11). No tengo audacia ante Aquél que examina corazones y entrañas. Mi mente no es pura, no tengo lágrimas durante la oración; aunque suspiro y golpeo mi rostro cubierto de vergüenza, golpeo mi pecho, morada de pasiones y habitación de perversos pensamientos.

¡Gloria a Ti, único paciente! ¡Gloria a Ti, único Bueno! ¡Gloria a Ti, benefactor de nuestras almas y cuerpos! Grandes son Tus misericordias hacia nosotros, pecadores. No me rechaces junto con aquellos que te dicen: "Señor, Señor", pero no hacen tu voluntad. No me rechaces por las oraciones de la Santísima Señora nuestra, Madre de Dios, y por las súplicas de todos los que te han complacido.

Tú conoces, Señor, mis pasiones ocultas en la oscuridad; Tú conoces las heridas de mi alma. "Sáname, Señor, y seré sanado" (Jer.17:14). Si no eres Tú quien edifica la casa de mi alma, "en vano trabajan los que la edifican" (Sal.126:1). Me preparo para luchar contra las pasiones, pero la astucia del enemigo debilita las fuerzas de mi alma con placeres. Aunque nadie ata mis manos, ellas mismas me llevan cautivo. Intento sacar del fuego al que arde en él, pero el aroma del fuego me arrastra al mismo fuego. Quiero salvar al que se ahoga y por mi falta de experiencia, me hundo con él. Critico al enfermo, siendo yo mismo ciego. Quiero ser médico de pasiones, pero estoy cautivo de ellas.

Ilumina, Señor, los ojos de mi corazón para conocer mis innumerables pasiones. Que Tu gracia me cubra, ilumina mi mente oscurecida y concede a mi ignorancia Tu sabiduría divina, pues "nada es imposible para Dios" (Lc.1:37).

Señor, Tú que hiciste transitable el mar para Tu pueblo, Tú que hiciste brotar agua de la roca para los sedientos, Tú que salvaste al que cayó entre ladrones por Tu gran bondad, ten misericordia también de mí, atrapado en manos de ladrones y encadenado por mi necedad. Nadie puede curar mi alma salvo Tú, Señor, conocedor de las profundidades de mi corazón.

¡Llore sobre mí todo justo y santo, porque por breve placer desprecié el fuego eterno y el Reino celestial! Fui esclavo de las pasiones, degradando mi alma hasta hacerla semejante a las bestias, incapaz de levantar mis ojos hacia el misericordioso Señor. Antes enriquecido con dones divinos, ahora amo la miseria del pecado. Estoy medio muerto y me queda muy poca vida.

¡Llorad por mí, santos de Dios! Interceded ante el Dios misericordioso, porque sé que, si suplicáis, Él nos concederá todo desde el mar de su bondad. A vosotros, santos, os corresponde interceder por los pecadores, y a Dios corresponde mostrar misericordia a los desesperados.

Me postro ante Tu infinita bondad, Señor de todo. Acepta la súplica del pecador, consuela mi alma afligida por el pecado, guía mi vida por el camino verdadero. Como amo lleva a Tu siervo por las puertas del Reino, libera mi corazón encadenado por las pasiones.

Que Tus misericordias, Señor, se adelanten a mí por las oraciones de Tus santos antes de que sea arrastrado con los hacedores de maldad. Revelados serán todos mis pecados ocultos. ¡Qué vergüenza sentiré entonces ante quienes ahora me creen irreprensible! Dejé la obra espiritual y me entregué a las pasiones.

¡Ay de mí! ¿Por qué permito que las pasiones arrastren mi alma hacia la tierra? ¿Qué diré en el día terrible del juicio? ¿Acaso diré que sufrí hambre, sed, desnudez o humillación por Ti, o que te amé con toda mi alma?

Golpeo a las puertas de Tu misericordia, Señor; ábreme. Libérame del dominio del pecado antes de que llegue mi fin. Lava mi vestidura manchada antes que me alcance el juicio terrible. Salva mi alma quebrantada por Tu gracia y misericordia, por las súplicas de la Santísima Madre de Dios y de todos Tus santos. ¡Porque bendito eres por los siglos de los siglos! Amén.